12 julio 2007

de cuando el autor del Principito encontraba leones en el Sáhara

(Ignacio Hidalgo de Cisneros: Cambio de rumbo. Laia. Barcelona, 1977)
"Un día Saint-Exupéry, su mecánico y dos aviadores, españoles, con una piel de león muy vieja y estropeada que no sé de dónde la habían sacado los franceses, hicieron varias fotografías que pasarán a la historia. Se cubría uno de ellos con la piel del león y, a cuatro patas, subía una duda virgen, marcando en la arena las huellas con las garras de la piel. Desde tierra parecía un poco burdo, pero cuando revelaron las fotos que les hicieron desde el aire con unas de nuestras máquinas aéreas, todos quedamos sorprendidos. Parecía enteramente un león de verdad que había llegado a lo alto de la duna y se había detenido ante el ruido del avión que lo estaba retratando. Yo no volví a pensar en esas fotos hasta que, en el año 1929 o 1930, viendo La Ilustración Francesa, considerada como una de las más importantes y más serias revistas de Francia, encuentro un artículo de un conocido escritor, en el que describe su viaje a América del Sur. Al hablar de nuestra zona del Sáhara dice, muy serio, que vieron varios leones y como comprobación, publica dos de las fotos hechas con la vieja piel del león de Cabo Juby por Saint-Exupéry y compañía."

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06 abril 2007

La torre vigía

"Las paredes, el suelo, la bóveda, desaparecieron de mi vista. Y me hallé solo, frente a una gran ventana abierta en la nada, a través de la que se agitaban, con vida propia, infinidad de partículas doradas, rojas, verdes. Un joven guerrero apoyaba el pie sobre la testa de un dragón, y, a su espalda, se adivinaba el contorno de un mar, o de una estepa, pero lejanos y luminosos; y no estaban hechos de agua, ni de seca tierra, sino de la misma luz, acaso. Entonces, me vi a mí mismo saltando a lomos del caballo que fuera de mi amada ogresa, con mi túnica blanca y mi espada negra; me vi hostigando mi montura, y al fin, enfurecidos por igual jinete y caballo, saltamos hacia la fantasmal ventana; y me vi huir hacia el campo abierto. Contemplé, así, mi propia cabalgadura, jinete sin freno, hacia una llanura tan vasta que resultaba imposible adivinar su confín. Y me alejé, más y más, estepa adelante; y pude verme cada vez más pequeño, más borroso, más lejano: hasta desaparecer definitivamente en el polvo.
Regresaron entonces las paredes, la bóveda y el suelo. No había ventana alguna, ni destellos de vida lucientes, movibles y desazonados. Tan sólo el muro de la capilla, y sus húmedas piedras, donde el musgo asomaba por entre las junturas. Oí nuevamente relinchar en el pórtico a mi caballo. Desenvainé la espada y grité, a los muros y a mi conciencia, que no iría por propia voluntad hacia mi extinción; que jamás galoparía, tan ciega y neciamente, en pos de mi propia agonía. Que nunca sería un dócil y apagado habitante del polvo, tan ansioso y presto a devorarme."

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